viernes, 28 de agosto de 2009

El insaciable morbo del cotilleo

Hace un par de años -en realidad, algo menos-, mi profesor de Lengua y Literatura del instituto puso como tarea a la clase redactar un texto argumentativo de temática y extensión libre. Yo no me lo pensé dos veces.

Por aquel entonces, estaba muy de moda entre los alumnos una página web que tenía como finalidad principal informar con asiduidad -¡ya lo creo!- a todos los interesados de las vidas ajenas, sin importar en absoluto si lo que se decía era cierto o no, o si sólo lo era en parte. En otras palabras: se trataba de un noble espacio de alcahueteo sin fronteras en el que convergían todas aquellas almas sensibles que se preocupaban e implicaban en los males del prójimo, y en el que se exponían lo más objetivamente posible todos esos problemas con el fin de ayudar siempre que se pudiese. Cuantas más opiniones hubiera al respecto, mejor. Y, encima, ¡era gratis! En efecto: el famoso Tecuento. Y, según tengo entendido, el dichoso asunto tuvo bastante éxito en su momento, ya que numerosos estudiantes procedentes de diversos puntos de la Península estaban bastante al tanto de tan peculiar -y variopinta- asociación.

Cómo me gustaría recuperar, ahora que estoy evocando este asunto, el cuaderno en el que escribí una pequeña redacción -algo así como un folio por las dos caras, siendo mi letra bastante grande y teniendo yo la manía de dejar mucho espacio entre unos renglones y otros- sobre este tema. Recuerdo que, antes de leerlo en clase, se lo dejé a mis padres para que me dieran su opinión. Y, curiosamente, ambos estuvieron de acuerdo con su veredicto: "Elena, esto que has escrito puede llegar a resultar un poco ofensivo; yo que tú, lo suavizaría un poco, ahora que estás a tiempo". Pero a mí no me lo parecía en absoluto, así que no tuve en cuenta lo que me dijeron. En realidad, estaba cabreada con el mundo en general por sus tendencias sumamente indiscretas y morbosas, y yo quería plasmar mi sensación tal cual era, sin tapaderas de ningún tipo.

Según la manera en que lo escribí, parecía que yo era una víctima directa de esa página; que había sido ofendida debido a una serie de epítetos no demasiado aduladores dirigidos a mi persona; que, por culpa de mi más que exagerada sensibilidad, me había afectado en exceso la juiciosa opinión de algún que otro lúcido comentarista. Y, en realidad, ignoraba -y sigo haciéndolo- si ahí alguna vez se llegó a hablar de mí o no. De hecho, sólo entré un par de veces, y en seguida decidí no volver a pisar por aquel sitio, ya que nada de lo que leía me parecía significativo o interesante, por lo que opté por hacer otras cosas que, personalmente, me gustaban y llenaban mucho más. Quién sabe; lo mismo, me pusieron verde a la primera de cambio, o, a lo mejor, no era tan importante como para que apareciera mi nombre en una web de tan alta categoría. Sinceramente: no tengo ni idea. En cualquier caso, ¿qué más da?

Lo que yo sentía al respecto era una especie de repugnancia y aversión hacia tan sonada página, y veía como una solución al problema que se denunciara a la misma y que, por tanto, se eliminara por completo de la faz de la Tierra, como si jamás hubiera existido. Hoy veo las cosas de otra manera y, mientras antes se trataba de un aborrecimiento puro y duro, ahora sólo experimento hacia la web una simple antipatía e, incluso, una fría indiferencia, aunque esto último con ciertos matices. El hecho de que esa página estuviera activa o dejase de estarlo no tenía, en realidad, relevancia alguna, aunque a mí en ese momento me pareciera justamente lo contrario. Desengañémonos y pisemos tierra: desde el principio de los tiempos, siempre ha habido gente cotilla que se preocupa más de la vida de los demás que de la propia, y, concretamente, Tecuento no era el origen de un problema, sino una mera manifestación del mismo.

Como decía, la palabra más ilustrativa para describir mi percepción sobre esta falta de prudencia es antipatía. Me atrevería a tildar como un acto cobarde -y mezquino- el criticar a los demás sin que éstos sepan a ciencia cierta quién es el agente de tan polémicos vituperios, pues en Tecuento la gente se aferra al anonimato como al más valioso seguro de vida, cosa importante en una época tan violenta como la nuestra (¡hay que andarse con ojo!). Me parece poco elegante blasfemar contra todo sin aportar argumento alguno que sostenga, de alguna manera, la opinión propia; de todas formas, poco podemos esperar de aquéllos que gozan emitiendo críticas destructivas a razón de un millón por minuto sólo con la intención de hacer daño y, por tanto, ensalzar el propio orgullo. El poder permanecer de incógnito supone la principal diferencia entre el cotilleo-vía-internet y el morbo-de-tú-a-tú, en el que ya no hay más remedio que arriesgarse a dar la cara para ejercer el duro -¡y mal remunerado!- oficio de la hipocresía.

No obstante, ambos casos representan lo mismo en realidad, y creo que la solución -si es que puede llamarse así- consiste en no dejarse amilanar por las aseveraciones de ese tipo, lo cual no significa que nos creamos unos seres perfectos indignos de todo reproche de cualquier índole, pues eso conlleva que cerremos la mente hacia las críticas constructivas -generalmente, caracterizadas por las buenas intenciones- que puedan aportarnos aquéllos verdaderamente cercanos a nosotros. Pasemos, pues, de todas las afirmaciones dichas con mala uva y abramos nuestros sentidos para mejorarnos a nosotros mismos y ayudar también, en este ámbito, a la gente que realmente nos importa.

viernes, 21 de agosto de 2009

Ensayo sobre la lucidez

Ojo con esta novela del Premio Nobel portugués considerada, en cierto modo, como una continuación del famoso Ensayo sobre la ceguera. No es de extrañar, por tanto, que encontremos ciertos paralelismos entre ambas en muchos de sus aspectos. Pero ya hablaré de eso más tarde.

De momento, habrá que empezar por el principio. Y, curiosamente, el autor viene suscitando la polémica desde un primer momento. "Mal tiempo para votar". En la historia, estas palabras son pronunciadas de acuerdo a un contexto de lluvias tempestuosas que perturban la asistencia de los ciudadanos a las urnas pertinentes para ejercer su derecho a la libre elección de sus representantes. Pero, si extrapolamos esta manifestación a nuestra vida diaria, nos daremos cuenta de que el escritor se refiere a una realidad más general, y que lo que pretende realmente es mostrar su inconformismo con respecto al sistema político que reina en la gran mayoría de los países desarrollados: la democracia.

En una ciudad cualquiera de un país cualquiera, acaece un fenómeno inexplicable -a la par que alarmante- para la totalidad de los políticos que se encuentran gobernando en ese momento: más de las tres cuartas partes de la población ha decidido votar en blanco. Ante este problema, los líderes de esta singular localidad declaran un estado de sitio caracterizado por tener al enemigo dentro, y no fuera, de las lindes de la ciudad. No obstante, al ver que el plan no funciona, los "peces gordos" deciden ausentarse de la capital para que, en un período de tiempo indefinido, toda esa gente, ante el presentido caos insostenible reinante, confiese su imperdonable inmoralidad al no haber votado a ningún partido político en concreto.

De momento, no voy a decir nada más sobre la historia, pues nunca me ha gustado fastidiar a la gente con spoilers. A mí ya me lo han hecho en alguna que otra ocasión, y puedo asegurar que no es plato de buen gusto. Ahora, simplemente voy a hablar de diferentes aspectos de esta novela que, de una manera u otra, me han llamado la atención.

En primer lugar, vamos a centrarnos en lo más evidente, que es la crítica que hace Saramago a aquéllos situados en los más altos cargos de poder. Parece que se está riendo de ellos todo el tiempo, y ninguno se libra de aparecer "caricaturizado" o ridiculizado de alguna forma. En el libro, el primordial objetivo de los mismos suele consistir en intentar quedar -obsesivamente- por encima de todos los demás personajes "importantes" -digámoslo así-, pues lo que más les llena en el mundo es el reconocimiento de sus "grandes méritos". Se comportan de una manera muy maquiavélica, pues, para ellos, lo verdaderamente importante es el fin, y no los medios empleados para conseguir lo que desean en cada momento.

¿Qué más se critica? El miedo con el actúan a veces los seres humanos ante circunstancias adversas. Es decir, cuando los ministros ven que la mayoría de los ciudadanos han votado en blanco, deciden encerrarlos en la ciudad, evitando toda circulación de personas entre el interior y el exterior. Pero... ¡un momento! Creo que esto me suena de algo. ¿No hicieron lo mismo cuando confinaron en un manicomio a los primeros afectados por aquella misteriosa ceguera blanca? Aquí tenemos una manifiesta semejanza con el Ensayo sobre la ceguera.

Por otro lado, parece que a Saramago le gustan mucho las metáforas referidas a la visión y a la luz, a la ceguera y a la oscuridad. Ya vimos un claro ejemplo con el anterior libro, en el que mediante una alegoría trataba de hacernos ver que estamos ciegos del entendimiento, comparando los ojos de sus personajes con nuestra cocotera. Ahora tenemos la otra cara de la moneda, y, aunque los gobernantes sigan sin ver esa luz debido, sobre todo, a la corrupción que de ellos ha hecho el poder, los ciudadanos, al recuperar la visión tras haberse dado cuenta, en circunstancias límite, de lo que es verdaderamente importante y de lo que no, deciden manifestar que no están de acuerdo con las condiciones que acompañan a la democracia.

Fruto de estas distintas perspectivas es la diferencia de significados que otorga cada uno de los dos grupos a la realidad. Tras las dichosas elecciones, los ministros creen que los votos en blanco son la consecuencia de la demagogia de un conjunto de anarquistas o de extremistas radicales que buscan desestabilizar el poder, por lo que pretenden iniciar una revolución que se extienda nacional e internacionalmente. Y, como es de suponer, nada más lejos de la realidad. "Si votaron como votaron era porque estaban desilusionados y no encontraban otra manera de expresar de una vez por todas hasta dónde llegaba la desilusión, que podrían haber hecho una revolución, pero seguramente moriría mucha gente, y no querían eso".

En un momento dado de la historia, los poderosos políticos colocan una bomba en el metro de la ciudad al ver que el anhelado desorden interno tarda mucho en llegar, pues, en contra de sus expectativas, parece que los ciudadanos se organizan bastante bien, pese, claro está, a los problemas inevitables a los que tienen que hacer frente. Así que, tratando de acelerar las cosas en su propio beneficio, acusan a los votantes en blanco de tan aterradora acción alegando que es un medio para iniciar la revolución de la que antes hablábamos. Aquí, Saramago nos advierte de un mal del que no somos conscientes en su totalidad, pero que, inevitablemente, nos afecta a todos los que vivimos en este mundo tan hipócrita. Y es la manipulación de los hechos. Solamente sale a la luz aquello que les conviene a nuestros "titiriteros", y nosotros, sus manejables marionetas, no podemos hacer nada para evitarlo.

Esto me recuerda a una teoría que afirma que, en realidad, las Torres Gemelas no fueron derribadas por Bin Laden y por sus secuaces, sino por el mismísimo George W. Bush. Pero, ¿con qué finalidad? Muy sencillo. Mediante unos estudiados y eficaces métodos para manipular e impresionar a la sociedad, se trata de sembrar el miedo y el odio hacia algo externo -en este caso, hacia el terrorismo musulmán- para que, de esta forma, la gente vea a Bush como a su salvador y como al principal combatiente en la lucha contra los implacables terroristas. En realidad, de esto también se habla en 1984, donde Oceanía en su totalidad siente una verdadera repulsión ante Goldstein, un personaje imaginario que simboliza la insurrección contra el régimen, y donde se admira y venera al Gran Hermano de una manera hasta apasionada. De todas formas, ésta es tan solo una teoría más de las muchas que circulan sobre el tema, pues nunca llegaremos a saber a ciencia cierta qué ocurrió el 11 de septiembre de 2001, al igual que tampoco conoceremos la verdad sobre otros muchos hechos históricos importantes. Con respecto a este tema, es interesante un ensayo que el mismo Orwell escribió sobre la libertad de prensa, y que, además, sirve de introducción para su famosa obra Rebelión en la granja. Por otra parte, por si a alguien le interesa, el documental en el que se habla sobre lo anteriormente comentado se llama Zeitgeist, y se puede encontrar fácilmente en youtube.

Volviendo al tema principal, quiero terminar diciendo que me parece muy acertada la proposición que nos hace Saramago de votar en blanco en el caso de que no nos identifiquemos con ninguna de las propuestas políticas que se nos ofrecen. Actualmente, la democracia no tiene muy en cuenta los verdaderos intereses del pueblo, y, en cierto modo, a mí me parece que no tenemos otra opción que elegir a nuestros propios "dictadores", pues, cuando los elegidos acceden a los puestos de decisión, quedan embelesados por la fascinación que el poder ejerce inevitablemente sobre la gran mayoría de los seres humanos. Si se otorgaran escaños a los votos en blanco -representados como asientos vacíos en los congresos de los diputados-, al menos, los partidos políticos tendrían que esmerarse algo más en las posibles propuestas que pudieran ofrecer a los ciudadanos, y no perderían tanto tiempo en criticar a los representantes de ideologías contrarias como si fueran niños pequeños.

martes, 18 de agosto de 2009

Un mundo feliz

Nos hallamos en el año 632 d.F ("después de Ford"). Pretendiendo representar nuestro futuro más inmediato, Aldous Huxley nos habla irónicamente de una sociedad perfecta, utópica, en la que nadie es infeliz, pues todos sus habitantes están fervientemente convencidos y orgullosos de lo que hacen, tanto en el ámbito laboral como en el lucrativo y social. Como es de suponer, el progreso científico-tecnológico goza de un auge cada vez mayor, así que las necesidades de la mayoría de los individuos están mucho más que cubiertas. Pero, ¿a qué precio?

En primer lugar, los niños no nacen en el seno de su madre, sino que, artificialmente, son incubados en unas inmensas salas de fecundación. Desde el principio, son divididos en distintas castas (Alfa, Beta, Gamma, Delta y Epsilon), siendo todos los pertenecientes a un mismo grupo iguales entre sí, tanto somática como psíquicamente. Se los condiciona de numerosas maneras para que su intelecto se desarrolle más o menos, dependiendo de la función futura que vayan a tener en la sociedad, de tal forma que los "alfas" ejercitarán aquellas tareas que requieran un mayor esfuerzo intelectual, mientras que los cometidos de los "epsilones" serán más físicos y materiales. Así que, en este mundo, todo individuo está predestinado desde el mismo momento de su nacimiento.

La hipnopedia juega un papel harto importante en esta organización. Noche tras noche, todos escuchan bajo su almohada frases alentadoras que hacen que queden, de una manera paulatina, convencidos de que son totalmente afortunados de pertenecer a su propia casta, y que serían unos desgraciados si formaran parte de cualquier otra. También se trata de inculcar una moral de conformismo y respeto hacia el gobierno con el fin de que no haya discrepancia alguna en un futuro próximo o lejano. Es importante no utilizar este procedimiento como un medio para ampliar los conocimientos de las personas, ya que, aparte de que no conviene que aprendan a pensar por sí mismas, el cerebro humano no está preparado para una actividad así en un estado de semi-inconsciencia.

Como en 1984, se eliminan conceptos tales como la amistad o el amor al prójimo. Todo el mundo puede practicar juegos sexuales desde la más tierna infancia (supongo que para evitar eso de lo que tanto Freud hablaba: que se reprimieran y, por tanto, vivieran frustrados). Eso siempre y cuando, claro está, no haya sentimientos de por medio. De este modo, no existe organización familiar alguna. Como he mencionado antes, la natalidad está completa y estrictamente controlada, así que nace exactamente el mismo número de personas que el estado cree oportuno en cada momento. Así, se evita que haya una desproporción entre población y recursos materiales, tema que, por cierto, a Huxley le preocupaba considerablemente cuando escribió el libro. Pensaba que un crecimiento tan rápido de la población sólo podía desembocar en dos cosas: o en una anarquía total y absoluta o en un totalitarismo caracterizado por un exceso de organización en el que los ricos aumenten cada vez más sus riquezas y los pobres tengan en sus manos cada vez menos (tengamos en cuenta que Un mundo feliz fue escrita en 1932).

Y si alguien se siente insatisfecho en algún momento con su vida o con el mundo, ¡no hay problema! El Soma es la solución. Se trata de una especie de droga que produce un placer y un bienestar muy intensos, y que consigue que desaparezcan todas las malas sensaciones en un instante. En realidad, es "el opio del pueblo". Es una sutil -pero, no por ello, poco eficaz- manera de callar a la gente. Sin embargo, si la cosa es más grave, se envía a todo aquel que no esté contento en la sociedad a una isla en la que ya sí pueda alcanzar la felicidad, pues allí se reunirá con los que son iguales a él en este aspecto. Además, así no se rompe la armonía de la que participa el resto del sistema.

Huxley también hablaba del arte de saber vender. Muy convencido, afirmaba que, para que un anuncio pueda convencer (y manipular) al mayor número posible de personas, ha de apelar, sobre todo, a los sentimientos y pasiones propias del ser humano más que a la misma razón. Lo más importante de los cosméticos de belleza, por ejemplo, no son los productos químicos que los forman, sino el simbolismo que tienen: la esperanza de mejorar el propio aspecto con el fin de resultar más atractivos al sexo opuesto (cosa que, por otra parte, me parece ridícula). Los coches se venden por el indudable prestigio que otorgan a sus dueños, y no por la comodidad, seguridad o calidad específica que tengan. ¿Es cierto o no?

En cierto modo, se podría decir que es un libro bastante parecido al 1984 de Orwell, ya que ambos describen el tipo de sociedad a la que podemos llegar como no se tome consciencia de la situación y se haga algo para evitarlo. Los dos describen la manipulación extrema a la que estamos diariamente sometidos, así como la suspicaz hipocresía que caracteriza a aquéllos que gobiernan. Pero, mientras 1984 se basa en la adquisición del poder utilizando como medios el miedo, el fanatismo (en este caso, hacia el Gran Hermano) y el castigo -posiblemente, tomando para ello el modelo del stalinismo, tal y como hizo en Rebelión en la granja-, Un mundo feliz emplea como premios para sus habitantes la comodidad, el progreso tecnológico y el bienestar, de tal forma que las personas se han convertido en unas esclavas de la ciencia, y no al revés, que es como debería ser. Si la gente está a gusto, no querrá cambiar, de ningún modo, la situación en la que se encuentra, así que no adoptarán una postura crítica hacia el mundo que los rodea.

Ahora bien, ¿cuál de estos dos libros se asemeja más a la realidad? Parece que, en el mundo occidental, Huxley ha tenido más aciertos que Orwell con sus vaticinios. Pero a mí me gustó y me impactó mucho más 1984 que Un mundo feliz.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Iguales, pero diferentes

A lo largo de toda la Historia, se ha considerado siempre a la mujer como a un ser sustancialmente inferior al hombre, por lo que las funciones de éstas consistían, en la mayor parte de los casos, en hacer la comida, mantener limpia la casa y cuidar de los hijos, que, por cierto, no solían ser de un número reducido. Y, mientras ella tenía una vida limitada al ámbito privado, el hombre se orientaba hacia un campo más abierto y social, pues él era el que trabajaba, sustentaba económicamente a la familia, votaba en las elecciones y podía acceder a la cultura. Consecuentemente, contamos con una casi totalidad de hombres en la lista de los grandes genios de nuestra cultura, ya sean filósofos, escritores, físicos, músicos o pintores.

Pero, ¿qué es lo que ocurre actualmente? Parece que hemos evolucionado a una sociedad mucho más tolerante con respecto a este tema, y el papel de la mujer está logrando, poco a poco, alcanzar el nivel del que han tenido siempre los hombres; esto es un hecho cada vez más evidente. No obstante, esto no es así a nivel psicológico, pues aún arrastramos ideas y prejuicios que han sido considerados como válidos durante siglos y siglos. De hecho, aún hay casos de hombres y mujeres que, desempeñando el mismo trabajo, no cobran el mismo salario -en beneficio de los primeros-, y esto es sólo un ejemplo. Se desprecian -consciente o inconscientemente- determinadas formas de actuar cuando el agente de dichas acciones es el género femenino, mientras que éstas son, incluso, premiadas si las lleva a cabo el género masculino; hay ciertos adjetivos que pueden variar muy notablemente su matiz dependiendo del sexo al que se refieran... Y aún hay muchos países en los que ni siquiera se suscita la polémica, ya que se toma como algo natural el sometimiento de la mujer al hombre, y esto es algo que me preocupa bastante.

No obstante, debemos evitar las luchas absurdas de sexo con las habituales argumentaciones de que un género es mejor que el opuesto, pues esto no es así. Lo ideal sería encontrar una igualdad en cuanto a derechos, deberes y reconocimiento social, pero teniendo siempre claro que somos esencialmente diferentes - y no por ello, "mejores" o "peores"-, pues nuestras estructuras mentales son - a pesar de que muchos pretendan afirmar lo contrario- distintas. Y esto debe ser fuente de enriquecimiento de unos y otras en las relaciones, y no un pretexto para discutir. ¡Por favor, si hay cosas mucho más interesantes por las que pelear!

jueves, 16 de abril de 2009

Otro tipo de viajes

Viajar en el tiempo es, sin duda alguna, uno de los sueños más antiguos de la Humanidad. Es un tema que ha despertado nuestro interés desde hace siglos. Pero, ¿existe la posibilidad de que algún día lo hagamos realidad? ¿Podremos desplazarnos a nuestro antojo hacia el futuro y hacia el pasado? Lo cierto es que aún no hay nada claro, así que parece que, por el momento, tendremos que contentarnos con hacer conjeturas.

Para empezar, un viaje así traería consigo algún tipo de problemas. Es el caso, por ejemplo, de la famosa paradoja del abuelo, que es de tipo causal. Supongamos que viajas a la época de tus abuelos y matas a tu abuelo materno (o paterno) antes de que éste conozca a tu abuela. En ese mismo momento, la posibilidad de que tu madre (o padre) pueda llegar a existir alguna vez, se anula por completo. Y si tu madre (o padre) no ha nacido nunca, tú deberías desaparecer en ese mismo instante. Hasta ahí bien. Ahora, si tú nunca has existido, no ha podido haber nadie que haya impedido que tus abuelos se hayan conocido. Entonces, ellos han concebido a tu madre, y ésta, junto a tu padre, a ti mismo. Y otra vez estamos en la misma situación del principio.

Hay una especulación que justifica este tipo de paradojas. Se trata de la existencia de universos paralelos. Me explico: cuando viajas al pasado, lo que haces realmente es crear un universo paralelo con otro tipo de causas distintas a las que has vivido hasta el momento, y, por lo tanto, se crean otro tipo de consecuencias. Con tan sólo cambiar un simple detalle, someteríamos a ese "nuevo mundo" a una transformación bestial. Aunque sólo modificáramos una causa, ésta traería consigo una consecuencia totalmente distinta a la inicial, y ésta sería, a su vez, causa de otro efecto diferente, y así indefinidamente, como ocurre en Efecto mariposa. Además, ¡por algo Marty McFly y el Doctor Emmett Brown, de la película Regreso al futuro, querían evitar a toda costa que algo así llegase a ocurrir!

Según las teorías relativistas, sólo podemos viajar hacia donde nos permite la flecha del tiempo, es decir, hacia el futuro. Si llegáramos a alcanzar una velocidad del orden del de la luz, lograríamos ralentizar nuestro tiempo propio. Un ejemplo de ello es la paradoja de los gemelos. Imaginemos dos gemelos que viven en la Tierra. Su tiempo de vida es, lógicamente, el mismo en ambos casos, ya que los dos nacieron al mismo tiempo. Si uno de ellos decidiera montar en una nave espacial y realizar un viaje en el Espacio tomando velocidades relativistas, tardaría mucho más en envejecer que el hermano que aún está en la Tierra. Pero, si son gemelos, ¿cómo es posible que uno sea más joven que el otro? ¡¿Qué clase de gemelos son?! Esto es algo que siempre ha dado mucho juego para crear historias. Por ejemplo, Brian May (o, mejor dicho, Brain May), el guitarrista de Queen, compuso una canción, 39, basada en este fenómeno.

Según Stephen Hawking, existe una ley física aún no descubierta que no nos permite viajar al pasado. Recibe el nombre de "protección cronológica", y afirma que la energía necesaria para realizar un viaje de este tipo es directamente proporcional a la distancia temporal elevada a una potencia grande. Vamos, que, según esta ley exponencial, habrá que irse olvidando de ir a visitar a Julio César y a Cleopatra.

También podríamos decir que el viaje en el tiempo sólo sería posible si, hoy en día, pudiéramos distinguir gente procedente de épocas posteriores, da igual lo lejanas que resulten ser éstas. Nos demostraría que, en un futuro, el ser humano será capaz de hallar una forma de cumplir este sueño tan antiguo. Y como aún no se sabe de la existencia de ningún viajero así, se puede suponer que nunca lo lograremos, o, al menos, que nunca conseguiremos hallar la manera de viajar al pasado, aunque puede que sí podamos viajar al futuro. No obstante, esta suposición conlleva a admitir la no existencia de universos paralelos. Además, ¿quién sabe? Puede que sí sean visitadas épocas más futuras desde un futuro aún más lejano, y que la nuestra nunca llegue a ser pisada por estos turistas tan peculiares. Sé que es muy poco probable, pero prefiero tener un poco de optimismo con respecto a este tema. O también es posible que sí se pueda crear una máquina capaz de viajar al pasado, pero que sólo nos permita llegar hasta el momento de haber creado dicha máquina. Es decir, si la máquina del tiempo se inventa en el año 2568, los humanos que vivan en el año 3017 podrán viajar al año 3000, al 2700 o al 2570, por ejemplo. Pero no al 2567.

Una anécdota interesante es la de John Lucas, un estudiante de matemáticas de los años 80 que tuvo la idea de crear una cuenta bancaria destinada a que la gente hiciera los donativos necesarios para que, algún día, alguien pudiera construir una máquina del tiempo en un futuro indeterminado. La condición que ponía consistía en que, cuando lo consiguiese, el inventor se la enviase de vuelta al propio Lucas al mismo instante en que éste abriera la cuenta. ¿Qué ocurrió? Pues que en cuanto la creó y vio que no recibía nada, se echó para atrás, pues dedujo que nunca iba a poder ocurrir algo así. ¿Quién sabe? Lo mismo, el futuro creador de la máquina del tiempo no quiso acceder a la petición de este chico, y, aunque consiguió -o, mejor dicho, conseguirá- crear el artilugio, no se lo hizo -o hará- saber en ningún momento. Es difícil de creer, pero tampoco podemos demostrar que es imposible.

También hay quien cree en el presentismo, que se basa en la no existencia del futuro y del pasado, sino solamente del presente. Así, sería totalmente absurdo pensar en este tipo de viajes.

Aunque, sinceramente, de todo lo que he dicho, no estoy segura de absolutamente nada. ¡Cómo me gustaría poder comprender todo más a fondo, y no de la manera en que lo hago! De todas formas, de momento me conformaré con leer libros y ver películas que me hagan imaginar, aunque sea por un instante, que realmente tenemos la capacidad de crear algo que nos permita viajar en el tiempo, pues me encantaría que existiese esa posibilidad.

lunes, 6 de abril de 2009

¿Qué es más importante?

Hoy en día, se suele primar lo útil, es decir, lo que tiene una finalidad en concreto. Por eso, están tan bien reconocidos los médicos, los ingenieros o los arquitectos, pues exigimos gente que pueda diagnosticar nuestras enfermedades y curarlas, que construyan puentes y aviones y que diseñen los planos de los futuros edificios. Y es normal, ya que la sociedad en la que vivimos lo exige. Hemos llegado a un nivel de confort y bienestar en el que hemos convertido todo esto en algo necesario. Conocemos cosas de las que, seguramente, sería difícil deshacernos, por mucho que nos empeñemos en afirmar lo contrario. Imaginémonos por un momento cómo sería nuestra vida sin coches para podernos desplazar. En una ciudad pequeña, esto no sería ningún drama, pero, ¿qué pasaría si viviéramos en Madrid, Roma o Nueva York? Tardaríamos una eternidad en ir a trabajar todos los días. Y eso es sólo un ejemplo. Si miramos a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que ya muchísimas cosas dependen de la tecnología, y que cada vez hay más pijadas en nuestra vida diaria.

Lo cierto es que todas estas innovaciones no son estrictamente necesarias, pues se ha podido vivir perfectamente durante miles de años sin ellas. Pero, sinceramente, no me voy a poner ahora a criticarlas, ya que estaría siendo un poco hipócrita. Me gusta tener un ordenador, un móvil y un MP3, para qué vamos a negarlo. Seguramente, si no hubiera sabido de su existencia, no los habría echado de menos, porque es totalmente imposible añorar algo que no se conoce. Y si ahora me los quitaran, estaría algo incómoda durante algún tiempo, pero lo más probable es que me acabara acostumbrando a ello, pues hay cosas mucho más importantes que esas nimiedades, que, por muy sofisticadas que sean, no dejan de ser eso.

Ahora bien, ¿qué ocurre con todas esas profesiones que no tienen una finalidad tan pragmática? ¿Por qué los músicos, los pintores o los cineastas, por ejemplo, no tienen un reconocimiento tan patente como el de los profesionales citados anteriormente? Es cierto que queremos barcos y casas, pero, ¿no necesitamos, además, otro tipo de cosas?

Dicen que estudiar una ingeniería es muy difícil. No lo niego; seguramente, sea así. No puedo saberlo, ya que nunca he hecho ninguna. Pero, por lo poco que sé de música -y aquí no va ninguna ironía-, he comprendido que es una actividad que requiere un perfeccionismo y un cuidado especiales, aunque luego eso, en general, no se tenga muy en cuenta. Hay que estar atento tanto al conjunto como a cada pequeño detalle, lo cual no es, precisamente, tarea fácil. Pero no, claro, el músico sólo sirve para entretener al público. Es, por tanto, mucho menos importante.

Creo que el problema radica en que no nos han sabido acostumbrar a escuchar, que no es lo mismo que oír. Y como ocurre con casi todo, la música tiene un aprendizaje. Seguramente, hace seis años me hubiera sorprendido al saber cuánto me iba a gustar después la ópera. Posiblemente, hasta me hubiera reído de mí misma. Y ahora, es una de las cosas que más me llenan. Lo que son las cosas, ¿no? O, por ejemplo, hoy por hoy no sé escuchar música contemporánea, pues aún no he aprendido. No obstante, no descarto el hecho de que, dentro de unos años, disfrute al hacerlo. Tiempo al tiempo.

Y, pese a todo, puedo afirmar que podría vivir sin todas esas innovaciones tecnológicas que he nombrado anteriormente: móviles de la última generación, GPS, cámaras de fotos, etc. No me gustaría en un principio, de acuerdo, pero me acabaría adaptando a la situación. Pero afirmo, y pongo la mano en el fuego, que me sería totalmente imposible imaginar cómo vivir sin poder tocar o escuchar música. Así que me gustaría expresar mi más sincera admiración por los músicos y otros profesionales de este tipo, como pintores o escritores, pues ellos son, al menos, tan importantes y necesarios como los economistas, ingenieros, periodistas, médicos o veterinarios.

viernes, 3 de abril de 2009

Ensayo sobre la ceguera

Un atasco. El semáforo está en rojo. De repente, uno de los conductores deja de ver el mundo en el que se encuentra: se ha quedado ciego. Pero no se trata de una ceguera normal. En vez de estar sumido en la oscuridad, el personaje sólo puede observar un color blanco lechoso y resplandeciente. A partir de este momento, todo el que tiene contacto con él participa del mismo incidente. Y así, poco a poco, la enfermedad se va extendiendo masivamente.

Ante tan difícil situación, el Gobierno decide que a todos los infectados se los va a encerrar en un manicomio con el fin de que esta ceguera, alarmante y desconocida, no se propague más. Al fin y al cabo, "si el perro muere, se acabó la rabia". Y, aunque los contagiados son vigilados desde fuera por unos soldados y reciben comida tres veces al día, el Estado se desentiende de todo lo que tenga que ver con ellos, debido, sobre todo, al miedo que sienten. No les importa nada de lo que ocurra allí; cómo organizarse, cómo actuar ante casos más o menos graves, las injusticias internas que puedan cometerse, todo eso, queda en manos de los mismos ciegos.

Cuando son pocos, se puede decir que hay algo de orden en el edificio. Pero a medida que va llegando gente y más gente, todo se desmorona: la falta de higiene, la podredumbre, la animalización progresiva de los que se encuentran en el establecimiento, la pérdida de esperanza... van aumentando cada vez más. Sin embargo, dentro de este caos, hay una persona que aún puede ver: la mujer del médico, que ha entrado en el manicomio por voluntad propia para no tener que separarse de su marido. Manteniendo en secreto su capacidad, va ayudando a los que conviven con ella en la medida de sus posibilidades.

Pero llega un momento en el que un grupo reducido de personas se hace con el poder, simplemente por el hecho de poseer una pistola, lo cual infunde el pánico necesario como para que nadie se enfrente a ellos. Se adueñan de toda la comida que va llegando, que no es abundante, y hacen pagar a todo aquél que quiera alimentarse: primero, con bienes materiales; después, con mujeres para violarlas. Y aquí el miedo, la angustia y la desesperación se acentúan más, si es que esto era posible. Se ve una pérdida de las cualidades humanas que conocíamos, la falta de pudor, la eliminación de la privacidad en todos los aspectos. Y, al fin, consiguen salir de ese infierno cuando descubren que ya no hay guardias que los vigilan, pues ellos también se han quedado ciegos.

Ya fuera, se dan cuenta de que, realmente, ese infierno no ha hecho más que empezar. Todos andando sin rumbo buscando comida impacientemente y un lugar donde cobijarse, pues no son capaces de reconocer el camino de vuelta a casa; la ciudad irreconocible debido al gran desorden, cada vez más notable, a la que está sometida; los supermercados y demás tiendas de comestibles son asaltados hasta que se acaban las providencias; el egoísmo individual de todos los que están en ella, ya que sólo se preocupan por llenar su propio estómago; la falta de cualquier sentido vital para los ciegos... La Humanidad está ciega.

Y, súbitamente, se acaba la desgracia. "¡Veo! ¡Veo! ¡Puedo ver!", gritan con euforia todos los que van recuperando la capacidad de visión. Y cuando, al fin, el mundo está curado, la mujer del médico, la única que pudo ver el horror en el que estuvo viviendo, la única que fue capaz de guiar y cuidar al grupo con el que iba, no sólo por tener un sentido más, sino también por su admirable fuerza de voluntad, la única que cargó realmente con la responsabilidad de lo que estaba pasando, se queda ciega. "Ahora me toca a mí", pensó.

Creo que lo que pretende Saramago es darnos una lección sobre cómo somos realmente: por muchas ilusiones que pretendamos hacernos y por muy civilizada que parezca la sociedad, no somos más que simples animales que se guían por el instinto de supervivencia; que en vez de ayudarse mutuamente y organizarse razonablemente, priman la codicia y el egoísmo sobre todo lo demás; que no saben mirar más allá del presente, pues sólo buscan un bienestar puntual y momentáneo; que, por miedo, dejan que los fuertes se aprovechen de los más débiles en vez de intentar cambiar la situación; que no se conocen a sí mismos hasta que no llegan a una situación límite.

Una de las últimas frases del libro es muy simbólica. "Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven". No somos conscientes de lo que nos rodea, no queremos darnos cuenta de lo que es evidente, nos desentendemos de todo lo que, en mayor o menor medida, nos afecta. Estamos saturados de información, y hemos llegado al punto de no poder ver nada. Quizá por eso sea blanca, y no negra, la ceguera en la que están sumidos los personajes de la historia.

Ni una vez aparece el nombre de ningún personaje. Simplemente, se los reconoce por alguna de sus características físicas o personales significativas. El primer ciego, su mujer, el médico, su mujer, el viejo de la venda negra, la chica de las gafas oscuras, el niño estrábico, son algunos ejemplos. Nadie se interesa por saber la identidad de los demás. ¿Para qué? Son, tan solo, compañeros de la misma desgracia, y con eso basta y sobra.

No obstante, no todo es de color negro. Desde un primer momento, la chica de las gafas oscuras se comporta con el niño estrábico como si fuera su madre, ya que siente un deseo de protección y compasión hacia él que hace que, muchas veces, se preocupe más por éste que de sus propias necesidades. O esta misma chica, pese a haberse llevado mal, aparentemente, con sus padres en otra época, siente una sincera aflicción cuando, al salir del manicomio, descubre que, muy posiblemente, no los pueda volver a ver nunca más. Y lo más importante es la generosidad con la que la mujer del médico se ocupa de todos aquéllos que están en una situación inferior a ella buscándoles comida, guiándolos para que no se pierdan o, simplemente, lavándolos. Esto nos enseña que los buenos sentimientos existen realmente, y que no son fruto ni de la hipocresía ni de una ilusión.

Hay una escena que me ha llamado la atención, pues me parece bastante representativa: cuando la mujer del médico entra en una iglesia, al final, y ve que todas las figuras de la Virgen, los santos y los ángeles tienen los ojos vendados. Creo que significa que Dios ha muerto, o, de manera más precisa, que Dios está ciego también, por lo que estamos solos en el mundo sin un guía que nos oriente.

También critica los prejuicios a los que estamos sometidos en la vida diaria. La chica de las gafas oscuras, la más guapa de todo el manicomio, aquélla que podría optar por cualquiera, se interesa, por raro que parezca, por el viejo de la venda negra. Seguramente, esto no hubiera ocurrido antes, cuando nadie estaba ciego. Y es cierto. Muchas veces, juzgamos conociendo las cosas muy superficialmente y nos cerramos a probar lo que desconocemos basándonos para ello en simples apariencias.

Pero no entiendo el final. ¿Por qué todos empiezan a ver? Me parece poco creíble en relación a como se había desarrollado la novela hasta ese momento. Es decir, tiene un tono desesperanzado durante todo el tiempo, y, de repente, llega la salvación. Y sólo entonces, la mujer del médico se queda ciega. Si se supone que ella era la única que se había salvado por tener un humanismo del que los demás carecían, ¿por qué le toca ahora el castigo? A lo mejor -pero posiblemente esté equivocada-, significa que ella está a un nivel de percepción distinto al del resto del mundo y, en realidad, nunca podrán intuir la realidad de la misma manera. ¿Y cuál es el procedimiento verdadero? No lo sabemos, pues cuando unos están ciegos, la otra no lo está, y viceversa. O, a lo mejor, el autor quiere expresar que, normalmente, se considera que lo que está bien es lo que hace todo el mundo, y quien piensa o actúa de manera diferente es porque está "ciego". Creemos que, en última instancia, la verdad absoluta la posee la mayoría. Y qué equivocados estamos.

En cuanto al estilo, al principio me extrañó un poco la manera de escribir de Saramago. No utiliza puntos y aparte, y todas las conversaciones van seguidas. Cada vez que alguien nuevo habla, se escribe una mayúscula, y no diferenciamos el estilo directo del indirecto. En mi opinión, esto hace que la lectura sea más fluida, ya que, de este modo, no se pierde el hilo de lo que se está contando. Me gusta además el hecho de que la mujer del médico pueda ver, porque la historia está narrada desde su punto de vista. Si la contáramos desde la visión de un ciego -valga la contradicción-, sería mucho más subjetiva, y, por lo tanto, resultaría más difícil criticar la naturaleza humana, pues para ello hay que adoptar cierta frialdad y distanciamiento.

En general, es una novela que me ha aportado mucho, ya que ha hecho que me haya dado cuenta de muchas cosas. No sólo del mensaje comentado anteriormente, sino también de la suerte que tenemos al vivir como lo hacemos hoy en día. Debemos aprovechar todo lo que tenemos, pues nunca sabemos cuándo aquello que damos por nuestro dejará de pertenecernos.

Y como fallo -que alguno tenía que haber-, apuntar que a veces resulta un poco repetitivo el argumento, ya que los personajes están continuamente lamentándose de su situación, buscando comida y comportándose brutalmente con los que se supone que son sus compañeros. Quizá, el autor haya querido prolongarlo para aumentar la angustia del lector. No lo sé. Pero se puede decir que es un libro que ha merecido la pena.